la última lluvia de agosto
cayó encima una luna llena
que lloraba de rabia y se escondía
explosiones seguidas por estruendos
que sacudieron las ventanas y los suelos
solíamos gritar
¡ave maría purísima!
como si eso fuese a parar la caída
como si nos fuese a salvar del temblor.
mi madre corría a mi puerta a apaciguar un miedo,
(entre tantos coros
nunca supe si era el mío o el de ella)
porque en ese otro verano de tormentas
nadie supo a dónde, nadie supo ir
sólo había que correr
ver al fuego consumir la casa
con aquel respeto que se le guarda
a un símbolo testarudo
a una oración implacable.
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