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la última lluvia de agosto

cayó encima una luna llena que lloraba de rabia y se escondía explosiones seguidas por estruendos que sacudieron las ventanas y los suelos solíamos gritar ¡ave maría purísima! como si eso fuese a parar la caída  como si nos fuese a salvar del temblor. mi madre corría a mi puerta a apaciguar un miedo, (entre tantos coros nunca supe si era el mío o el de ella) porque en ese otro verano de tormentas nadie supo a dónde, nadie supo ir sólo había que correr ver al fuego consumir la casa  con aquel respeto que se le guarda  a un símbolo testarudo a una oración implacable.

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